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La gran cárcel neoliberal europea.

En los días que vivimos parece no haber salida al régimen económico dominante. Los partidos a ambos lados del espectro político continuan hipnotizados por el pensamiento neoliberal y la alternancia de gobiernos en los diferentes parlamentos europeos no refleja ningún cambio en las directrices de la política económica. Prueba de ello es que conservadores y socialdemócratas van  de la mano en alrededor del 80% de las votaciones del Parlamento Europeo.

Las instituciones europeas se han convertido en una cárcel neoliberal, firmemente custodiada por el alcaide alemán, que gobierna con mano de hierro y castiga sin piedad a los ciudadanos presos de sus políticas. Cualquier miembro que ose ir contra el status quo es rápidamente acosado y doblegado, como ya vimos con el flagrante caso de Grecia.

Vamos a ver como las principales medidas que la ideología dominante nos vende como la salvación a todos los problemas y la vía más rápida para atajar cualquier crisis que acontezca, tienen como único objetivo la utilización de las instituciones públicas para favorecer los intereses de los grandes grupos empresariales y financieros a los que rinden pleitesía.

  • Privatizaciones, en toda aquella empresa o servicio público que sea susceptible de generar beneficios (o prácticamente un país entero, como es el caso de Grecia), allí estarán nuestros dirigentes para convencernos de que lo ideal es regalarlo o malvenderlo a una empresa privada para que lo gestione y extraiga todo lo positivo que pueda. Si por el contrario es una gran empresa privada la que quiebra, serán las instituciones públicas las que rápidamente saldrán al rescate para inyectarle fondos (de los que nos dicen que no hay cuando se necesita para las familias o las pequeñas empresas). En cuanto se haya saneado con dinero público y pueda dar beneficios de nuevo, ya estará lista para envolverla con papel de regalo de vuelta al sector privado.
  • Recortes del gasto, que originan un deterioro de servicios públicos cruciales como la sanidad y la educación. Esto provoca que los ciudadanos que quieran y se lo puedan permitir, acudan a buscar en empresas privadas lo que las administraciones no les ofrecen, abultando el volumen de negocio de dichas entidades. Por el contrario, los más desfavorecidos se verán privados de dichas prestaciones básicas con todo lo que ello supone.
  • Reformas laborales, destinadas a socavar los derechos y retribuciones de los trabajadores en favor de los beneficios empresariales, hecho que alimenta la creciente precariedad que caracteriza al panorama laboral actual (la transferencia de rentas salariales hacia las rentas del capital es innegable desde hace ya bastantes años).
  •  Deterioro de los sistemas de pensiones públicas, que de nuevo invitan a contratar planes de pensiones privados a los miembros pudientes de la sociedad. Noticia esta de gran agrado para las entidades financieras.

En resumen, políticas destinadas a castigar a la clase trabajadora, a los jóvenes, a los dependientes y a las pequeñas y medianas empresas, en favor de los intereses de grandes empresas multinacionales. Para los dirigentes neoliberales europeos y españoles, el Estado no debe interferir en la economía garantizando el acceso a servicios públicos ni regulando en favor de los ciudadanos, por lo que tratan de demonizarlo y reducir al máximo sus competencias.

En principio todo lo anterior no parece plato de buen gusto para el común de los mortales, pero está todo controlado. Para que la ciudadanía acepte, e incluso defienda en algunos casos, la aplicación de estos salvajes programas en contra de sus intereses, es necesario un intermediario, los medios de comunicación, así como los expertos que tratan de alumbrar nuestro camino desde ellos, que intentan sin cesar que adoptemos como propio su discurso, asumiendo que no hay otra opción, tal y como aseguraba el famoso y repetido mantra neoliberal del “No hay alternativa”  (TINA, There Is No Alternative) puesto en escena por Margaret Thatcher en los años 80 y que sigue de actualidad en los carteles de la política económica con igual o mayor fuerza del que gozaba en sus días de estreno.

De esta manera, vemos como los ciudadanos se resignan a convivir con unas tasas de desempleo insoportables, a que los jóvenes carezcan de perspectivas dignas de futuro, a que los que siguen trabajando lo hagan en condiciones cada vez más precarias, a que los investigadores tengan que salir de España por la falta de inversión en I + D o a ver como familias enteras tienen que subsistir con la pensión de jubilación de uno de sus miembros, y todo esto por poner sobre la mesa sólo varias de las consecuencias más dañinas.

En este momento cabe preguntarse, ¿cuando podremos tomar conciencia de que estamos presos en dicha cárcel y como podemos salir de ella?.

Escribía Karl Polanyi en su obra más relevante, “La gran transformación”, a mediados del siglo pasado:

“…los países que se oponen al status quo por razones propias son capaces de descubrir con rapidez las debilidades del orden institucional existente y de plantearse la creación de instituciones mejor adaptadas a sus intereses”.

Entendidos los intereses de un país como el conjunto de medidas que beneficien a la mayoría de las personas  de una nación (o conjunto de ellas) y a su medio natural, no parece que se vea ninguna iniciativa política con la suficiente capacidad como para oponerse al status quo que actualmente se impone desde Europa, con el Banco Central Europeo y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento actuando como arietes principales contra el bienestar y los derechos de la ciudadanía.

Urge por tanto, armar una alternativa al neoliberalismo, que las mayorías sociales comprendan y sean capaces de exigir a sus opciones políticas. Es ahí donde la Teoría Monetaria Moderna entra en juego, no como ideología, sino como herramienta. La MMT (como se la conoce mayoritariamente, por su siglas en inglés) nos explica como funcionan los sistemas monetarios, la necesidad de coordinar política monetaria y política fiscal, la consecución del pleno empleo y la estabilidad de precios, entre otras muchas cuestiones que iremos desgranando poco a poco desde estas líneas. La MMT puede constituir la base que posibilite el cambio de paradigma y que de una vez por todas las instituciones públicas generen políticas dirigidas al bien común.

Ello no va ser fácil, y como primer paso es primordial que el mayor número de personas conozca su existencia y contribuya tanto a su desarrollo como a su expansión por los diferentes colectivos. Llegados a este punto, es inevitable mencionar a una asociación que se ha constituido en España para promover la difusión de la MMT y comenzar a abordar la tarea que se ha planteado anteriormente.

Esta organización se llama RedMMT y podéis seguirla tanto por su web (http://www.redmmt.es/) como por sus perfiles en la principales redes sociales (Facebook, Twitter y Youtube).

Hasta pronto.

 

El economista de Schrödinger

Muchas de las personas que leáis este artículo, habréis oído hablar del experimento mental que el físico Erwin Schrödinger formulara en 1935, utilizando a un gato metido en una caja en la que había un detonador que podía liberar un gas venenoso, de tal forma que podía ser o no activado. Sin entrar en las complejidades de la física cuántica que nos desviarían del tema que nos ocupa y que no vienen al caso, diremos que el experimento del Gato de Schrödinger venía a plantear que a nivel cuántico, el gato estaría vivo y muerto a la vez hasta que el observador abriese la caja. Dicha intervención ya de por sí afectaría al resultado y determinaría si el gato estaba en un estado u otro una vez abierta. Aún así, esta es solo una de las interpretaciones de la paradoja planteada por el físico austriaco.

A fin de cuentas, y dejando de lado la vertiente científica, esta paradoja del Gato de Schröndinger a menudo se utiliza para invocar a una persona que pudiera hacer (o decir) una cosa y la contraria a la vez y justo para esto es para lo que hemos traído este ejemplo hasta aquí, para visibilizar a una especie que abunda en nuestra sociedad y que se reproduce en las facultades de economía para propagar sus teorías contradictorias por todos los medios habidos y por haber.

La  escuela económica neoclásica (base fundamental de las medidas neoliberales) es prácticamente la única que se enseña en la Universidad y cuyo discurso adoptan los estudiantes que la cursan, futuros dirigentes de administraciones públicas y empresas privadas responsables del devenir económico, social y medioambiental del mundo en el que vivimos. Dentro de este conjunto de personas que estudian economía, las habrá de distintas ideologías y con diferentes propósitos,  dispuestas a poner en práctica sus aprendizajes en ámbitos muy dispares.

Si Jose Luis Sampedro llevara razón cuando apuntaba a que existen dos tipos de economistas, “los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que lo hacen para hacer menos pobres a los pobres”, es posible que al proporcionarles a ambos la misma formación, las mismas herramientas, sea uno de los dos grupos el que se vea incapacitado para conseguir sus propósitos. Por decirlo de otra manera, si le damos unas tijeras como utensilio de trabajo a un sastre y a un leñador, éstas le vendrán muy bien al primero, pero serán casi inútiles para el desempeño diario del segundo.

Llegados a este punto, algún malpensado podría preguntarse que si la economía neoclásica estuviera diseñada para favorecer los intereses de los más poderosos y ésta es la única que se imparte a los estudiantes, ¿que clase de argumentos va a tener un economista que, teniendo la voluntad de ayudar a los más desfavorecidos, sólo haya aprendido los postulados neoclásicos?. Sería como un leñador que intentase talar árboles con unas tijeras como herramienta, estaría incapacitado.

De esta manera hemos llegado a conocer al economista que trata de solventar determinados problemas ofreciendo  soluciones contrapuestas a los fines que persigue, es el Economista de Schröndinger* y su existencia es debida, mayoritariamente, a la falta de pluralidad en la facultades de Economía, hecho que denunciamos desde esta líneas con total vehemencia.

Los economistas de Schröndinger son bienintencionados y honrados en la mayoría de los casos que conozco, pero eso no les exime de una responsabilidad que no es cuestión menor. Al llevar una mochila intelectual en desacuerdo con sus principios, frecuentemente proponen medidas ineficaces a los problemas que tratan de abordar.

Es imposible combatir los efectos negativos que las políticas neoliberales causan, aplicando las recetas (igualmente neoliberales) que los originan. Por desgracia, muchos de los paladines de la lucha obrera, de los movimientos antiglobalización, ecologistas, por supuesto los responsables económicos de las organizaciones de izquierda y los periodistas o referentes intelectuales progresistas en materia económica, arrastran el lastre mencionado.

Por increíble que parezca, nos podemos encontrar que altos representantes de los sindicatos mayoritarios rechacen planes para acabar con el desempleo y la precariedad porque piensan que podrían producir inflación o a gobernantes que quieren recuperar la economía hundiendo los ingresos de la clase trabajadora mediante reformas laborales que propugnan abaratar el despido y  bajar los salarios, con el consiguiente impacto en la disminución de la demanda interna.

Estas son sólo algunas de las constataciones más flagrantes de la incapacidad que tienen los Economistas de Schröndinger para ofrecer respuestas a los problemas latentes en la actualidad. No es de extrañar por tanto, que desilusionados con los partidos tanto de derecha como socialdemócratas, que sólo ofrecen medidas neoliberales, los votantes a ambos lados del Atlántico se echen desesperados en brazos de las promesas económicas de gente como Le Pen o Trump, por muy detestable que resulte el resto de su discurso.

Por tanto, cabe preguntarse ahora si serán capaces los economistas de Schröndinger de deshacerse de su mochila neoclásica para colgarse una adecuada a los fines que persiguen. Esperemos que así sea  y que la Teoría Monetaria Moderna y los fundamentos de la Hacienda Funcional formen parte de ese nuevo equipamiento, porque la degradación del planeta y de las condiciones de vida de los más desfavorecidos siguen agravándose y no sabemos hasta cuando podrán esperar.

*El término Economista de Schröndinger fue una ocurrencia en una conversación informal de mi amigo y compañero Esteban Cruz. Tanto me gustó el concepto que no he podido evitar la tentación de desarrollarlo en el este artículo.

¿Que ideología dirige la economía en la actualidad?.

Seguramente, si se preguntara esta cuestión por la calle, muchas personas no sabrían que contestar o, al menos, no sabrían identificar con claridad la respuesta adecuada. Por ello, antes de seguir con la exposición os animo a que os detengáis unos segundos a pensar cual sería vuestra respuesta (y os recomiendo que no sigáis leyendo hasta haberlo hecho).

Ahora, para ir situando la cuestión y contextualizar el tema a tratar, vamos a realizar un breve repaso histórico que nos ayudará a comprender mejor la dinámica económica actual.

Años 30. Tras el impacto del crack bursátil de 1929 que hundió las bolsas de valores estadounidenses, se inició la etapa conocida como la Gran Depresión. Para superar los devastadores efectos que estaban asediando a la población (desempleo masivo, empobrecimiento, etc…) el presidente Franklin Delano Roosvelt comenzó a aplicar una serie de medidas económicas paliativas inspiradas por el economista John Maynard Keynes. Al conjunto de actuaciones llevadas a cabo en estos años se le llamó “New Deal” y fué el comienzo del keynesianismo, cuyo objetivo primordial fue la consecución del pleno empleo y la estabilidad de precios. Para alcanzar dicha meta, el Estado jugaba un papel protagonista en la economía a través del gasto público y la política fiscal, que trataban de resolver los problemas que el devenir del libre mercado producía. Esto condujo a varias décadas de crecimiento económico, con mayor calidad de servicios públicos, reducción de la pobreza, etc… que se materializaron en el denominado Estado del Bienestar y dieron lugar a los “años dorados del capitalismo”, transcurridos desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 60.

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Años 70. Durante las décadas anteriores, los trabajadores habían ido ganando derechos y poder de negociación. La situación cercana al pleno empleo hacía posible que hubiese menos miedo a ser despedido y una mayor libertad para rechazar condiciones laborales indignas. Además, el Estado empezaba a garantizar servicios públicos de calidad como sanidad, educación o pensiones, que desincentivaban a contratar dichos servicios de manera privada. Estos factores, a pesar de que generaban una creciente demanda, eran incómodos para grandes empresas que tenían que aceptar mejores condiciones laborales para los empleados, lo que significaba una minoración de sus beneficios.

Hasta entonces, la ideas de ciertos académicos como Hayek, Von Mises, o posteriormente Milton Friedman, que abogaban por confiar al libre mercado la marcha de la economía, la destrucción de los sindicatos, la reducción al máximo de la intervención del Estado en los asuntos económicos, la liberalización y desregulación de los mercados o las privatizaciones, eran intrascendentes y minoritarias. Sin embargo, cuando las élites empresariales detectaron que podían servir muy bien a sus intereses empezaron a financiar a sus propulsores, crear fundaciones y centros de pensamiento, apadrinar programas de investigación académica, darles visibilidad en medios de comunicación e instigar a organizaciones políticas a adoptarlas.

De manera que cuando a principios de los años 70 del siglo pasado la economía entró en crisis, y los gobernantes del momento fueron presionados a cambiar de rumbo, la alternativa ya estaba preparada. Había nacido el Neoliberalismo.

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El primer experimento neoliberal fué en la dictadura de Pinochet en Chile, a partir de 1973, en estrecha colaboración con el economista estadounidense Milton Friedman y un grupo de discípulos suyos de la Universidad de Chicago, los conocidos como Chicago Boys.

Ya a principios de los años 80, el neoliberalismo tomó su impulso definitivo para convertirse en la corriente hegemónica que hoy es, gracias a que fue  abrazado por parte de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido. Ambos profundizaron en la aplicación de medidas neoliberales que fueron desarmando a los trabajadores de sus derechos y empobreciéndolos paulatinamente (valga como muestra la  guerra de la Dama de Hierro con los sindicatos mineros), junto con la amputación del Estado como actor principal de la economía. Las privatizaciones, liberalizaciones y la desregulación, fueron las armas principales para llevar a cabo dicha tarea. De esta manera, y simplificando bastante el proceso, podríamos decir que el Estado y los trabajadores, además de autónomos y pequeñas empresas, fueron perdiendo progresivamente su poder a favor de las grandes corporaciones empresariales.

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Principios del siglo XXI.

En este entorno, en el que la mayor parte de la población había visto reducida su capacidad de consumo y la inversión empresarial se estaba viendo amenazada, era muy complicado que se pudieran mantener largos períodos de crecimiento económico como en las décadas anteriores. Para solventar este escollo se recurrió a desregular el sistema financiero, lo cual hizo posible que los agentes económicos se endeudaran de forma masiva y muy por encima de lo que hubiera sido razonable.

Si a esto le unimos que la estabilidad económica se había delegado por completo a los designios del libre mercado, y el Estado cada vez jugaba un papel más residual en el tablero económico, no es de extrañar que pasará lo que pasó, la Crisis Financiera Global acontecida en 2008 tras la caída del banco de inversión Lehman Brothers y la crisis de las hipotecas subprime. En ese momento, en el que el sistema se había desmoronado, hubiera parecido acertado cambiar las reglas, pero sólo hubo algunos tímidos intentos que quedaron en nada como las manidas declaraciones del entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, en las que manifestaba que “había que refundar el capitalismo”.

Lo que pasó, y sigue pasando, es que no hubo una alternativa con la suficiente fuerza para reemplazar al nefasto paradigma neoliberal, y la pregunta ahora es: ¿existe dicha alternativa?, y podríamos añadir esta otra: ¿estará preparada para cuando estalle otra gran crisis?.

Estas preguntas, así como una mayor profundización en la historia y efectos del neoliberalismo, vistos hoy de forma demasiado somera, serán abordados en las próximas entradas del blog.

Por cierto, la respuesta a la pregunta que encabeza el artículo, efectivamente y como ya todos imaginaréis, es el Neoliberalismo.