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El economista de Schrödinger

Muchas de las personas que leáis este artículo, habréis oído hablar del experimento mental que el físico Erwin Schrödinger formulara en 1935, utilizando a un gato metido en una caja en la que había un detonador que podía liberar un gas venenoso, de tal forma que podía ser o no activado. Sin entrar en las complejidades de la física cuántica que nos desviarían del tema que nos ocupa y que no vienen al caso, diremos que el experimento del Gato de Schrödinger venía a plantear que a nivel cuántico, el gato estaría vivo y muerto a la vez hasta que el observador abriese la caja. Dicha intervención ya de por sí afectaría al resultado y determinaría si el gato estaba en un estado u otro una vez abierta. Aún así, esta es solo una de las interpretaciones de la paradoja planteada por el físico austriaco.

A fin de cuentas, y dejando de lado la vertiente científica, esta paradoja del Gato de Schröndinger a menudo se utiliza para invocar a una persona que pudiera hacer (o decir) una cosa y la contraria a la vez y justo para esto es para lo que hemos traído este ejemplo hasta aquí, para visibilizar a una especie que abunda en nuestra sociedad y que se reproduce en las facultades de economía para propagar sus teorías contradictorias por todos los medios habidos y por haber.

La  escuela económica neoclásica (base fundamental de las medidas neoliberales) es prácticamente la única que se enseña en la Universidad y cuyo discurso adoptan los estudiantes que la cursan, futuros dirigentes de administraciones públicas y empresas privadas responsables del devenir económico, social y medioambiental del mundo en el que vivimos. Dentro de este conjunto de personas que estudian economía, las habrá de distintas ideologías y con diferentes propósitos,  dispuestas a poner en práctica sus aprendizajes en ámbitos muy dispares.

Si Jose Luis Sampedro llevara razón cuando apuntaba a que existen dos tipos de economistas, “los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que lo hacen para hacer menos pobres a los pobres”, es posible que al proporcionarles a ambos la misma formación, las mismas herramientas, sea uno de los dos grupos el que se vea incapacitado para conseguir sus propósitos. Por decirlo de otra manera, si le damos unas tijeras como utensilio de trabajo a un sastre y a un leñador, éstas le vendrán muy bien al primero, pero serán casi inútiles para el desempeño diario del segundo.

Llegados a este punto, algún malpensado podría preguntarse que si la economía neoclásica estuviera diseñada para favorecer los intereses de los más poderosos y ésta es la única que se imparte a los estudiantes, ¿que clase de argumentos va a tener un economista que, teniendo la voluntad de ayudar a los más desfavorecidos, sólo haya aprendido los postulados neoclásicos?. Sería como un leñador que intentase talar árboles con unas tijeras como herramienta, estaría incapacitado.

De esta manera hemos llegado a conocer al economista que trata de solventar determinados problemas ofreciendo  soluciones contrapuestas a los fines que persigue, es el Economista de Schröndinger* y su existencia es debida, mayoritariamente, a la falta de pluralidad en la facultades de Economía, hecho que denunciamos desde esta líneas con total vehemencia.

Los economistas de Schröndinger son bienintencionados y honrados en la mayoría de los casos que conozco, pero eso no les exime de una responsabilidad que no es cuestión menor. Al llevar una mochila intelectual en desacuerdo con sus principios, frecuentemente proponen medidas ineficaces a los problemas que tratan de abordar.

Es imposible combatir los efectos negativos que las políticas neoliberales causan, aplicando las recetas (igualmente neoliberales) que los originan. Por desgracia, muchos de los paladines de la lucha obrera, de los movimientos antiglobalización, ecologistas, por supuesto los responsables económicos de las organizaciones de izquierda y los periodistas o referentes intelectuales progresistas en materia económica, arrastran el lastre mencionado.

Por increíble que parezca, nos podemos encontrar que altos representantes de los sindicatos mayoritarios rechacen planes para acabar con el desempleo y la precariedad porque piensan que podrían producir inflación o a gobernantes que quieren recuperar la economía hundiendo los ingresos de la clase trabajadora mediante reformas laborales que propugnan abaratar el despido y  bajar los salarios, con el consiguiente impacto en la disminución de la demanda interna.

Estas son sólo algunas de las constataciones más flagrantes de la incapacidad que tienen los Economistas de Schröndinger para ofrecer respuestas a los problemas latentes en la actualidad. No es de extrañar por tanto, que desilusionados con los partidos tanto de derecha como socialdemócratas, que sólo ofrecen medidas neoliberales, los votantes a ambos lados del Atlántico se echen desesperados en brazos de las promesas económicas de gente como Le Pen o Trump, por muy detestable que resulte el resto de su discurso.

Por tanto, cabe preguntarse ahora si serán capaces los economistas de Schröndinger de deshacerse de su mochila neoclásica para colgarse una adecuada a los fines que persiguen. Esperemos que así sea  y que la Teoría Monetaria Moderna y los fundamentos de la Hacienda Funcional formen parte de ese nuevo equipamiento, porque la degradación del planeta y de las condiciones de vida de los más desfavorecidos siguen agravándose y no sabemos hasta cuando podrán esperar.

*El término Economista de Schröndinger fue una ocurrencia en una conversación informal de mi amigo y compañero Esteban Cruz. Tanto me gustó el concepto que no he podido evitar la tentación de desarrollarlo en el este artículo.